11 febrero 2008

Presentimientos


Al llegar, pude ver el pañuelo que ella escondía delicadamente bajo su manga. Sentí que ya había visto eso antes. Fue reminiscencia, porque a ella no la había visto nunca. Era la primera vez que pisaba ese suelo, y todavía no me había presentado: era una desconocida, aunque tal vez ellos supieran más de mí que yo misma. El ambiente se impregnaba de una dulce tensión, y por dentro el corazón me palpitaba ansiosamente. Estaba nerviosa porque conocía el desenlace y sabía que sería fatal. Ese día, en pocos minutos, ya no sería la misma. Tras una minuciosa revisión, esos ojos mirones dejaron de observarme, de recorrerme una y otra vez, de arriba a abajo. La decisión estaba tomada: era hora de dejarme sin cabeza. Hubieran podido tener piedad, pero no la tuvieron. Hubieran podido ser más benévolos, pero eso no estaba en sus planes. Lentamente, como quien se incorpora tras un sueño pesado, la anciana sacó un cuchillo. La luz iluminó el filo y la sala de repente se llenó de resplandor. Una gota de sudor frío caía por mi sien temblorosa mientras rogaba que alguna divinidad escuchara mis plegarias: ya no sabía a quién rezarle. Pensé que tendrían piedad, pero no la tuvieron. La anciana le entregó el cuchillo a la mujer que estaba a su izquierda, como quien entrega un preciado tesoro. Yo a penas las conocía, si ni me había presentado aún.

La otra mujer era más joven, su pelo era ensortijado y verdoso. Las grietas también surcaban su rostro, con una marcada expresión de felicidad. La sola idea de decapitarme les producía un regocijo atroz. Yo ya no podía mantenerme en mi silla, presentía que el final seria inmediato, eminente. Me había resignado a aceptar las consecuencias de haberme ausentado por tanto tiempo. Ellas sabían demasiado de mi, y yo muy poco de ellas. Sabían de mis miedos, por eso habían sacado el cuchillo. De niña, le había temido a los cuchillos, con sus puntas tan filosas. Creo que fue tras escuchar que un vecino había degollado a su mujer con uno de ellos. Desde ese día, antes de acostarme guardaba todos los cuchillos de la casa, con las puntas diabólicas apuntando hacia la parte interna del cajón. Así, me sentía a salvo del peligro. Era una ironía del destino que mi final llegara de manos del odiado utensilio.

La anciana sacó el pañuelo. Era blanco, con los bordes bordados de color naranja y unas pequeñas flores de color amarillo en una de las esquinas. Se limpió la cara. Parecía asustada, pero su expresión seguía inmutable: quería ver sangre. Entonces, dio la orden a la otra mujer, que seguía a su izquierda. “Hay cosas que son imperdonables. Hija mía, ahora, sólo te queda morir. Es tu oportunidad de llegar a conocer la gloria”, dijo, solemne, implacable y mortal. Se preparó para ejecutarme. Limpió el cuchillo una vez más, para que reluciera aun más. Se paró firme, abriendo las piernas para mantener el equilibrio. Rezó entre dientes. Yo bajé la cabeza, ya no tenía escapatoria. Esperé que el helado metal rozara mi cuello o tal vez lo rebanara. Deseaba que fuera rápido, sin dolor. Como todos los que alguna vez se plantean como sería la muerte. Deseaba no dejar sangre, como aquellos suicidas que recurren a pastillas y mueren pareciendo dormidos.

La mujer bajó el cuchillo con ímpetu. De un solo intento me decapitó. Desgarró mi cuello entero, dejando caer la cabeza sobre una almohada cuidadosamente ubicada en el piso. La cabeza quedó allí, quieta, mientras mi cuerpo se tambaleaba en la silla y se desplomaba hacia la derecha. La anciana guardó su pañuelo, la tarea estaba cumplida. Para suerte mía, fue rápido, tan rápido que casi no lo sentí. Pero sobretodos las cosas, agradecía no haber sangrado, cosa que sorprendió a las mujeres. Las dos quedaron atónitas al ver que no solo mi cabeza seguía con vida, sino que no había derramado ni una gota de sangre. Mi cuerpo muerto, mi cabeza vivita y coleando. Abrí los ojos lentamente, esperando ver algún ser sobrenatural, el cielo o el infierno, o al menos tierra, pero nada de eso ocurrió. Al abrir los ojos, me encontré inmersa en las mismas circunstancias de mi decapitación, solo que las mujeres ya no se mostraban poderosas e inquisidoras. Las dos tenían miedo. Al tomar conciencia de lo que estaba sucediendo, comencé a reír, tan fuerte que desperté a los habitantes de la casa con mi risa. Las mujeres se desesperaron. Temían que su crimen se descubriera.

Los pasos se acercaban cada vez mas apresurados a la cocina. Las mujeres no sabían que hacer con mi cuerpo y con mi cabeza, mientras yo gritaba con todas mis fuerzas, pidiendo auxilio. Tras empujar la puerta, los demás entraron a la casa. Las mujeres escondieron el arma del delito, y disimuladamente comenzaron a servir la comida caliente sobre la mesa, que estaba puesta. Todos se sentaron, un hombre corpulento y de lentes recogió mi cabeza, la colocó sobre mi cuerpo y logró acomodarla de forma tal que me permitiera tragar cada bocado sin perder ningún pedazo por el tajo que atravesaba mi cuello. Comimos gustosos todos, mientras las mujeres nos miraban desde la punta de la mesa, alagadas por nuestros cumplidos hacia su deliciosa comida, escondiendo el cuchillo ensangrentado tras sus espaldas.

30 diciembre 2007

Malenamoramiento

Escuchó sonar su teléfono y se preparó para lo inesperado. No era casualidad, pero realmente la tomó por sorpresa. Una aparición repentina, una presencia que sería próxima, tangible, deseada hasta el cansancio. Después de tres meses, Carlos se comunicó con ella, con el mismo tono amigable y dulce que había usado siempre para tratarla. “Señorita”, encabezó su mensaje, y ella supo que esa noche no sería igual a las demás. Desencantada por tanta búsqueda sin recompensa, había decidido vivir el resto de su vida sin el contacto espiritual, ni siquiera físico, con el sexo masculino. Muchas malas experiencias la habían convertido en una mujer dolida, atravesada por el desengaño. Y a pesar de su tierna edad, su corazón estaba surcado por amores no correspondidos, por la resignación de quien admite que ya no vale la pena correr, porque llegará tarde de todos modos.

Carlos apareció de imprevisto, como trampa mortal que es inadvertida por la ingenua presa. Ella no era ingenua, pero sus sentimientos se habían apoderado de las pocas neuronas que lograban quedar en funcionamiento cada vez que él que se aparecía en su vida. Sabía de antemano qué sucedería. Había decidido darle una última oportunidad. No hacía falta ningún tipo de artilugio: estaba todo dicho. Esa noche ella respondería su mensaje y esperaría ansiosa la llegada de aquel galán de tercer mundo, comerían juntos, se dirían cosas impensables al oído, alucinados por el éxtasis de sus cuerpos. Esa noche llegarían mas lejos de lo que jamás habían llegado, pero ella no se atrevería a entregarle más. Sin embargo, él saldría triunfante: había logrado robarle su bien más preciado.

Por la mañana, todo volvió a ser como era. La tediosa rutina puesta en marcha una vez más. Ella despertó, y Carlos ya no estaba allí. Su corazón no estaba para hacer promesas que no cumpliría. Por eso, huyó durante la madrugada, furtivo, escapando de las luces del alba. Eso no la sorprendió.

Faltaban pocas horas para su partida. Comenzó a preparar su equipaje y de repente una corazonada, un pálpito la tumbó en la cama. Atónita, se quedó mirando la ropa limpia que estaba doblada sobre un estante del placar. Tuvo miedo. Se incorporó enérgica y muy lentamente levantó la pila de ropa, buscando algo perdido. No lo encontró allí, empezó a buscarlo en todo el placar. Ya había perdido la calma, y desesperada revolvió toda la habitación, se dirigió a la cocina, al living, buscó hasta en el baño. Pero no lo encontraba. Fue entonces cuando se dio cuenta de la cruel realidad. Ella decidió definitivamente alejarse de su peligrosa seducción: Carlos le había robado.

Un hueco profundo se habría en medio de su pecho, un hueco oscuro, sin fondo. Se había llevado su corazón. Ella, descorazonada. Bajó los brazos y dio por terminada la búsqueda: él había desaparecido, llevándolo consigo, quién sabe donde. Nunca mas escribió, ni llamó, ni apareció. Y ella tuvo que acostumbrarse a vivir descorazonada.

25 noviembre 2007

Insensatez

Siempre el calor desvanece los pensamientos lucidos. Así me sentía yo, desvanecida, vaporosa, transpirada. En mi cabeza, mentaba pequeñas revoluciones, mientras esperaba un colectivo que nunca iba a pasar. Fingiendo ser lo que no era, vistiendo un disfraz equivocado, temiendo que la mascara se quedará pegada a mi rostro, y no poder sacarla jamás. Así estaba, así me sentía, así vivía, así desesperaba. No había salidas, las puertas estaban todas cerradas, y las llaves yacían en el fondo de un mar. Pero en mi cabeza, seguía mentando revoluciones, asaltos, grandes proezas, hombres heroicos y mujeres de hierro. Siempre una soñadora, volátil, risueña, feliz e incomprendida. Podía ver frente a mí el destino que se me escapaba como arena entre los dedos, entre los pies. Ya no pisaba firme, el terreno se había vuelto movedizo. Mi cabeza era refugio de gigantes. Grandes pensamientos, grandes frustraciones. Decisiones tan acertadas, indecisiones tan ciertas. Ensoñaciones, delirios de una mente que estaba cada vez más alejada de la realidad, que ya no quería oír de diarios, de radios, de televisores. El único propósito, mi única meta, el anhelo que me mantenía despierta en sueños era evadir aquel infierno que me ataba los pies, me cortaba las alas y no me permitía volar. Calor, calor intenso, pero, en el alma, frío desolador. Ya nada consolaba la herida, la profunda llaga. Solo quería ser yo misma, aunque ya nada conformara a los demás.

Me perdí queriendo ser algo que no era, me evaporé, me esfumé. Mi miedo está allí, ya no es una pesadilla: la mascara está fija, inamovible. Ya mi rostro es inmutable. ¿Negligencia? jamás. ¿Abandono? Tampoco. ¿Mala suerte? No lo creo. Desespero, y en el intento de quitar ese rostro ajeno, desconocido, intruso, rasgo mi cara y me lastimo. Sangro, me desangro. No logro quitarla, pero lo sigo intentando. Y cada vez se aferra más y más fuerte, y no me quiere soltar. Es tarde. Mi rostro ya no es mío. Yo ya no soy yo y este mundo ya no es el que era. Todo ha mutado, y mi persona ha muerto. Y todo esto, aunque yo siga pensando en revoluciones, en grandes hazañas, en un lugar mejor mientras el calor me desvanece.

13 noviembre 2007

VENTIUNO

Esa noche hicimos el amor sobre el colchón que estaba en el suelo. Habíamos llegado a la conclusión de que esa era la manera de reconciliar nuestras diferencias. La discusión había sido efímera, pero profunda, y nos habíamos dicho cosas que hieren. Habían vuelto a salir a luz cuestiones olvidadas, cuestiones guardadas en el cajón de la conveniencia, en algún lugar de nuestro rencor. Debo admitir que me gustaba discutir con él. No sé si por su lógica, o por alguna especie de masoquismo, o por probar mi tolerancia, pero siempre que discutíamos me llenaba de satisfacción. Era un mecanismo enfermo. Él siempre salía ileso, triunfal. Después de terminar, él salio rápido hacia el baño. Yo tenía la costumbre de demorarlo porque me encantaba ver su cara cuando terminaba, era una mezcla de agotamiento y placer que me volvía loca. Esa noche no lo demoré. No había demasiado tiempo, porque estaríamos solos por un rato. Cuando el salio del baño yo ya me había vestido. Me puse su remera que me quedaba larga, que me tapaba la cola, porque me había olvidado mi pijama. "Ponete mi remera para dormir", me había dicho antes de salir corriendo al baño. Yo le hice caso. Él salio y yo estaba acostada en el colchón, agotada. Se sentó a mis pies, yo lo miraba perdida, pensando para mi que él era hermoso, que era lo que mas amaba. Él puso música, empezó a sonar un cd de Soda Stereo. Mientras me acariciaba, hablábamos de música, de lo que nos gustaba y lo que no, de si esa canción que sonaba estaba buena y a que nos remitía. No me acuerdo que canción sonaba, "es un lindo tema", le dije. Sonó el timbre, él se termino de vestir y bajó a abrir la puerta. Yo me tapé, y me hice la dormida, hasta que me dormí de verdad. Desperté cuando sentí su presencia a mi lado, él había ido a decirme buenas noches. Nos abrazamos, nos besamos. Nos dijimos cosas dulces al oído. Le dije que había puesto el despertador temprano, porque me tenía que volver a casa, el dia iba a ser largo. Y él se dio vuelta, dándome la espalda. "¿Qué te pasa?", le pregunté sorprendida. "Pensé que te ibas a quedar todo el día conmigo", dijo y se levantó sin mirarme, se fue a su cama. Desperté temprano, él me abrió la puerta, me dio un beso seco, desabrido, desganado, y me despidió en la entrada del edificio. Me fui pensando en lo repentino que puede ser todo, en su abrupta reacción, en mandarlo a la mierda y no volver a hablarle por un tiempo. Me dolió su humor cambiante, su incomprensión. Pensé en volver a aclarar las cosas, a pedir una explicación. Pero sabía que no tenia sentido, que todo iba a terminar como siempre, haciéndonos el amor.

Lo conocí en una circunstancia particular, me acuerdo como si fuera ayer. Lo volví a conocer un año después, y desde ese día no nos separamos. Fue todo repentino, mágico. No creo en el amor a primera vista, pero con él fue similar. Llovía y su cara venía a mi mente, ocupaba mi pensamiento entero, mis más profundos deseos. Lo admiraba, por sus certezas y sus valores, por la forma que tenia de cambiarme la cara en los días grises y adversos. Lo amaba, porque a pesar de que a veces cuando me hablaba no lo escuchaba, él seguía contándome sus anécdotas, sus ideas. Él sabía que yo a veces no lo escuchaba, o que escuchaba lo que quería.

Era domingo. A las seis de la tarde me llamo por teléfono, no se oía bien, y yo presentí que estaba dolido. Me pidió que volviera, que necesitaba que aclaráramos los tantos, él no estaba bien y quería saber que me pasaba a mí. “No estoy bien”, me dijo, con voz temblorosa. Yo preparé mis cosas y me fui en busca de una reconciliación, porque odiaba estar distanciada, pelearnos. Odiaba porque sentía que pelearme con él no tenia sentido, porque las razones no tenían razón de ser, porque los dos queríamos estar juntos y sin embargo los dos pensábamos que él otro ya no quería estar. Me hacia sentir un vació gigante en el pecho, me hacia sentir insegura. Me daba miedo de cómo pudiera reaccionar. Él no era un tipo violento, era más bien bonachón. Siempre me había sorprendido su sensibilidad, no tenia vergüenza de llorar, a veces lloraba por cosas que no eran tan trágicas ni importantes, pero igual me rompía el corazón. Yo en cambio era una piedra, tenía una coraza que no me dejaba llorar en los momentos difíciles. Pero seguro lloraba cuando hablábamos cosas sencillas, siempre se me caía una lágrima cuando hablábamos del futuro, de nosotros dos, de los sueños. Siempre me soñaba a su lado. Tenia miedo de que algún día reaccionara mandándome a la mierda, de que me dijera que se había hartado de mis caprichos, de mis locuras, de mis inseguridades. "Me cansé de vos", imaginaba que me decía, con vos soberbia y con la bronca en su mirada. Pero eso no pasó esa noche. Me encontré con él al bajar del colectivo. Lo abracé, con cierta reticencia, esperando su reacción. Él me abrazó como un oso, me apretó fuerte, fuerte contra su pecho, pero su beso fue a penas un roce de labios. Entendí la señal: había posibilidades de dialogo conciliador, pero iba a costar. Caminamos de noche por el boulevard. Fuimos hasta el edificio, y subimos en silencio hasta el octavo piso. Entramos al departamento y empezamos a charlar. Cocinamos, nos hicimos algo rico de comer. Comimos viendo la tele, como lo hace cualquier familia, cualquier pareja, cualquier persona en estos días. Y después nos fuimos a la cama. Casi no hablamos, y sobre lo que teníamos que hablar no hablamos para nada. Hubo de nuevo sexo conciliador, y los dos la pasamos bien. Después cada uno se fue a su cama, nos dimos el beso de las buenas noches, y yo me dormí en seguida. Siempre me dormía después de hacer el amor, terminaba agotada. Él se quedaba mirándome dormir hasta que lo vencía el sueño. Siempre me lo confesaba al despertar.

27 septiembre 2007

El TieMpo


Diseñan reloj "para llegar tarde"

Ya está a la venta en España por el precio de 1.800 euros.
Agencia EFE

Las reflexiones de un dentista sobre el sentido del tiempo de los españoles fueron la chispa que ha dado origen al primer reloj "para llegar tarde", un ingenio que ya está a la venta por el precio de 1.800 euros, unos 2.545 dólares.

Se trata de un modelo de alta gama denominado "EXTático", que tiene la característica de presentar una esfera girada a la derecha, con la cruceta de las horas ligeramente adelantada en tres minutos, aunque en realidad el reloj no retrasa.

Diseñado por un grupo de emprendedores radicado en Alcoy (Alicante, este), el reloj está impregnado de "espíritu español" ya que ese aparente retraso que marcan las agujas es solo un guiño para demostrar que en España no se vive con el "tiempo medido" sino que se disfruta de él, aseguró hoy su inventor, el estomatólogo Gilberto Salas.

Salas explicó que el tiempo es un concepto que le interesó desde pequeño y fue el eje de su tesis tras licenciarse de Filosofía, pero la idea de diseñar un reloj de este tipo le surgió en la playa de Gandía (Valencia) mientras hablaba del tema con otros amigos.

Para él, la forma de vivir el tiempo de los españoles es una especie de "anarquismo" y su forma de rebelarse contra el sistema.

Además está convencido de que la flexibilidad horaria de nuestro país, -"no es que lleguemos tarde a los sitios sino que nos rebelamos ante el sistema dictatorial del tiempo medido"-, acabará imponiéndose en Europa.

El reloj es de cuerda "porque es su propietario el que marca el ritmo de su funcionamiento"; esférico porque es la forma que se asocia al tiempo y no tiene segundero para evitar la sensación de que el tiempo inmediato nos angustia, precisó el inventor.

Cada ejemplar tiene una clave que sirve para identificarse en la web donde se puede solicitar al servicio técnico la recogida del reloj para su reparación desde cualquier parte del mundo.

De momento, están a la venta 300 ejemplares de los modelos "Momento oportuno", con esfera negra, y "Tiempo Ausente", con esfera blanca. Este último en homenaje a la "siesta", una de las más altas expresiones de la tecnología española, en palabras de Salas.


LA VOZ DEL INTERIOR




A veces pasan días enteros sin darnos cuenta. Últimamente estoy pensando mucho en el tiempo, en el tiempo perdido, pasado, y en el tiempo que me queda por delante. Pocas veces me detengo en el presente. Siempre mirando las horas pasar, esperando que el reloj marque el tiempo exacto de partir, las personas vivimos agobiadas por el paso efímero del tiempo. Estancamiento y aceleración. A veces los días se nos pasan volando, a veces se convierten en una eternidad. Los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses, los años, son simplemente convenciones. Estamos atadas a ellas por la arbitrariedad que denotan. Pero siempre pueden ser violadas, desconocidas, en nuestros pequeños actos cotidianos. Llegar tarde, atrasar el reloj, o no usarlo. Estar despiertos de noche y dormir durante el día. Así, nos liberamos del pesado yugo del incesante tic-tac. Todo es tiempo. Pero no todos lo vivimos igual. Aprender a liberarnos de su peso y aprender a vivir el presente, cada segundo, es el desafió. Aunque todo avance y en su ciega marcha nos lleve por delante.

10 septiembre 2007

La gran promesa


Todos los lunes, miércoles y viernes él tomaba la leche rápido, comía algunas galletitas de agua, y bajaba trotando hasta el club, que quedaba a 3 cuadras de su casa. Que el club quedara cerca no era una ventaja, al contrario, siempre lo llevaba a quedarse en su casa o salir sobre la hora, y tomar la leche rápido. El fútbol se había vuelto algo frustrante en su vida. Era joven, un chico todavía, pero había jugado al fútbol desde siempre. Desde que era chiquito y la pelota era más grande que sus piernas, había amado el fútbol. Empezó en un club chiquito, rodeado de compañeritos chiquitos, y con metas chiquitas también: divertirse. Con el paso del tiempo, y a medida que pegaba el estirón, la diversión paso a segundo plano. Ahora, lo primero era la competencia. Jugar al fútbol había dejado de ser un juego.

Todos los domingos se jugaba el torneo. Local o visitante, su padre siempre estaba allí, era su fan numero uno. Él era un jugador habilidoso, un delantero de punta ligero y preciso. No le gustaba cabecear, pero sabía que a veces era necesario. Tenía piernas fuertes, macizas. Una vez, le quebró el brazo de una patada a uno de la promoción 1994, que iba a su colegio, porque le hacia chistes de mal gusto con su mama. “El me provocó”, se excusó. Esa vez le pusieron 10 amonestaciones, y no lo dejaron salir por un mes. No hubo fiestas de cumpleaños, partidos de tenis ni paddle, ni siquiera iba al cyber. “Debe ser porque no está canalizando la fuerza que tiene, eso lo debe poner violento”, decía la madre, preocupada. “Tiene que seguir yendo a fútbol, hay que obligarlo porque a el le hace bien”, pensaba para si.

El equipo dependía de él, técnica y anímicamente. Sus compañeros sabían que si él no iba, lo mas seguro era la derrota. A veces cuando él iba también perdían, pero era distinto, porque la culpa la tenían los otros, nunca él. Me acuerdo un domingo que estaba enfermo, volaba de fiebre. Los chicos de su clase lo fueron a buscar a su casa, para que fuera al club, el partido empezaba en media hora y les sorprendía su ausencia. Tocaron el timbre, domingo, 8 de la mañana, nadie se levantó a atender. Martín se levantó de la cama como pudo, con 38 grados de fiebre, y les dijo que no iba, que estaba enfermo. A los chicos se les cambio la cara. “¿Y ahora que vamos a hacer? ¿En serio te sentís tan mal?”, le dijeron. Ahora tenían que ver como hacer para suplantarlo, para no sufrir su ausencia. La dependencia del equipo se había vuelto una presión insoportable. La dependencia del técnico y las exigencias de su padre también.

Todos los domingos el padre iba religiosamente a verlo. El fútbol se había convertido en su religión, la cancha su templo, el partido su misa, y su hijo Dios. Durante los 30 minutos que duraba el encuentro, no hacia más que gritarle, son el corazón en la boca y los nervios de punta, distintas tácticas y estrategias para lograr el triunfo. “Adelantate”, “pica por derecha”, “despertate boludo”, “esta mañana estas dormido”, y otra serie de enunciados que se habían vuelto una oración sabida de memoria, repetida cada partido. Una vez el arbitro paró el partido para pedirle que se callara, porque lo desconcentraba y desconcentraba a los jugadores con sus gritos enardecidos. Indignado le grito al arbitro: “payaso, vos no sabes dirigir”. Y el árbitro lo hecho de la cancha, lo expulsó sacándole la tarjeta roja. Al volver a su casa, no dejaba de protestar: “No se puede echar al público”, eso decía, sacado de bronca. Martín, lo miraba sin decir nada, tenia vergüenza ajena por lo que había sucedido, y vergüenza propia porque era su padre el “inadaptado” de la cancha.

Por todo esto, el fútbol pasó de ser una pasión a su peor pesadilla. Prefería verlo por TV. La Champion´s League, la Liga Italiana, la Española, la Copa UEFA, el Apertura y el Clausura. No se perdía ninguna. Y cuando no había nada para ver en el cable, prendía la computadora. Y jugaba al Pro Evolution Soccer 8 hasta altas horas de la madrugada. Pero se negaba a ir al club, aunque le quedara cerca de su casa. Sus padres no entendían su abrupto desencanto con el fútbol. No tenía problemas con los demás deportes. De vez en cuando, iba a jugar al tennis o al paddle, también al gimnasio, y siempre decía que le encantaría empezar natación. Pero había borrado al fútbol de su mente.

A veces me daba lastima que desperdiciara así todo su potencial. Era muy buen jugador, y se sabía bueno. Yo quería que el fuera exitoso. Muchas veces había fabulado con verlo triunfando en Europa, llenándose de gloria y dinero, manejando un auto caro por las calles de Madrid. Soñaba que iba a visitarlo, iba a verlo jugar y decía: "Ese es mi hermano", llena de orgullo. Siempre me pregunto si el soñaría lo mismo, si el también se imaginaba manejando ese auto caro. Pero el ya no era feliz con el fútbol. Entonces trataba de conformarme viéndolo en alguna profesión, medico, arquitecto, fisioterapeuta, o quizás jugando otro deporte. Pero no podía, el había nacido para jugar al fútbol, aunque el no quisiera.

Quizás son etapas, en las que uno se desencanta y pierde las ganas de seguir haciendo siempre lo mismo. Son esas épocas en que la rutina te agota, entonces de un día para otro dejas todo, y te dedicas a la jardinería, o algún otro hobbie que no este relacionado en lo mas mínimo con lo que hiciste toda tu vida.

Ahora el sigue tomando la leche apurado, con algunas galletitas de agua, y baja trotando al club, a las 6.05, tarde como siempre. Entrena los lunes, los miércoles y los viernes, y juega partidos los domingos. Va y hace goles porque tiene alma de goleador. Todos lo ovacionan cuando tira un caño, una gambeta y uno que otro firulete. Pero ya no lo hace con ganas, quizás vaya por satisfacer las expectativas de su padre, de su familia, de su equipo, de su director técnico, de su club. Y quizás juegue por inercia. Eso nunca lo sabré.

03 septiembre 2007

EL SINSENTIDO DE LA POLITICA


Estas lineas están escritas al calor de los hechos. Ayer domingo 2 de septiembre fueron las elecciones provinciales. Entre otras cosas, se decidía la gobernación de Córdoba. Mas allá de que quién ganó y quién perdió, ya que no es mi intención incurrir en la dialéctica de vencedores y vencidos, siento que todo el pueblo cordobés, la ciudadanía ha perdido.Desde anoche no puedo dejar de sentir un profundo sentimiento de indignación. Muchas cosas son las que me hacen sentir de este modo, cosas que lamentablemente escapan a mi voluntad, pero que igualmente me incumben. Me incumben porque soy ciudadana, porque vivo en democracia y siento placer al ejercer mi voto. Y por eso es que me indigna lo que paso en las elecciones. Porque me canse del manoseo, de que nos traten como ingenuos, de que nos mientan en la cara. Porque estoy harta de que nos roben lo nuestro con impunidad, con la mayor impunidad de todas. El Estado es el órgano que tiene la función de representarnos a todos, es un instrumento de acción, de organización, para todos y no para unos pocos. El Estado no es gobierno y el gobierno no es Estado. El gobierno es algo de unos pocos y el Estado es para todos. El gobierno tiene caducidad cada cuatro años y el Estado es una institución perenne. Por eso me molesta que el Estado sea manoseado cada cuatro años. Me molestan aquellos militantes políticos que solo trabajan en beneficio propio y no del pueblo, y boicotean la democracia en su afán de poder y riqueza. Me sorprenden profundamente aquellos que se llenan hablando la boca de un líder muerto, esgrimiendo que votan al peronismo por Perón, que son peronistas de Perón, cuando Perón ya no existe y cuando el peronismo, lejos de reflejar la doctrina justicialista, es su antítesis. No tolero la falta de escrúpulos que tienen los políticos para manejar votos y manipular los estómagos y las necesidades de la gente en su pro.Me fastidia que la izquierda no sepa ni quiera unirse, y que cada vez sea mas atomizada, fragmentada, dispersa, inservible, dejándoles el terreno libre a una legión de ladrones de guante blanco que han aprendido a robar sin ser capturados. Me duele que se limpien el culo con la democracia, la mía, la tuya, la de todos. Ojala algún día podamos comprender lo importante que es que la cuidemos, con pequeños actos, pero con recelo. Porque la democracia es la oportunidad para todos, y no para unos pocos, y es necesario que tomemos conciencia de ello.


Lo importante no es que se vayan todos, sino que se queden los idóneos.